La economía circular suena a menudo a concepto de laboratorio o de gran ciudad: plantas de reciclaje, cadenas de suministro rediseñadas, informes de sostenibilidad corporativa. Pero en los pueblos del Alto Tajo, la Serranía de Cuenca y la Sierra de Albarracín, la economía circular no es una teoría que se importa desde fuera: es, muchas veces, una forma de vida que ya practicaban nuestros mayores mucho antes de que existiera la palabra. Reutilizar, no despilfarrar, aprovechar lo que da la tierra y no dejar que las casas se caigan. En AECOMATS creemos que esa sabiduría rural y los principios de la economía circular moderna son, en el fondo, la misma cosa contada con distintas palabras.
Repasamos aquí cómo se traduce este compromiso en el día a día de nuestro territorio, a través de tres ejes: la gestión de residuos, el consumo de proximidad y la rehabilitación del patrimonio construido.
Gestión de residuos: entre la orientación y el esfuerzo diario
En AECOMATS, más que imponer normas rígidas, trabajamos sobre todo desde la recomendación y el acompañamiento a nuestros socios en materia de residuos. Pero la realidad del territorio no siempre lo pone fácil: en algunas de nuestras localidades todavía no existen contenedores de reciclaje, lo que obliga a los negocios y a las familias a almacenar y transportar ellos mismos la basura clasificada hasta otros municipios donde sí hay ese servicio.
Es un esfuerzo silencioso, poco visible desde fuera, pero que muchos de nuestros socios asumen con normalidad porque entienden que vivir en un entorno natural privilegiado implica también cuidarlo activamente. La autogestión del reciclaje, aunque sea a nivel básico, es ya una pequeña declaración de principios: si el sistema no llega hasta aquí, lo suplimos nosotros mismos.

Proximidad y kilómetro cero: de la huerta al plato, del manantial a la botella
Si hay un principio de la economía circular que nuestro territorio entiende bien, es el de reducir distancias: producir cerca, comprar cerca, consumir cerca.
Ecohotel El Descansillo, en Escalera (Guadalajara), es un buen ejemplo. Carmen y Chema llevan más de treinta años en este pueblo de apenas diez habitantes, y desde el principio han cocinado con verduras de su propio huerto ecológico, sirviéndolas directamente en su restaurante. Son socios de Slow Food, firmantes de la Carta de Turismo Sostenible del Parque Natural del Alto Tajo y participan en el grupo de consumo de productos ecológicos de la comarca de Molina de Aragón. Su filosofía se resume en unir lo antiguo y lo moderno, lo natural y lo funcional, sin artificios.
La Balluca, la cervecera artesana de Milmarcos, lleva la proximidad casi al extremo. Se presenta como la microcervecería más pequeña de España y elabora sus cervezas de manera completamente artesanal, sin usar máquinas en ninguna fase del proceso. Su lúpulo no viaja desde Nueva Zelanda o Australia, como es habitual en el sector, sino que llega desde Aragón, a apenas 60 kilómetros. Y el ingrediente que más marca el carácter de sus cervezas es el agua: la extraen directamente del manantial natural que abastece al pueblo, respetando su composición original. Judith y Sergio, impulsores del proyecto, entienden su forma de elaborar cerveza como una manera de vivir que evita generar residuos innecesarios y prioriza siempre el producto de cercanía.
Estos dos casos muestran que la circularidad, aplicada al territorio, empieza por una pregunta muy simple: ¿de dónde viene lo que consumimos, y cuánto camino ha tenido que recorrer para llegar hasta nosotros?

Actividades de bajo impacto: descubrir la naturaleza sin agotarla
La economía circular también se nota en cómo se diseñan las actividades que se ofrecen al visitante. Varias empresas de ecoturismo de nuestra red han hecho de la reducción del impacto ambiental el eje de su propuesta, en lugar de un añadido de cara a la galería.
Sentir el Alto Tajo trabaja con grupos reducidos, de un máximo de diez personas, precisamente para minimizar la huella que cada salida deja en el entorno: evitan los lugares más frágiles y respetan los periodos de cría y nidificación de la fauna del parque. Sus rutas, adaptadas a todas las edades y también a personas con discapacidad, están pensadas para generar una relación consciente entre quien participa y el medio natural, no solo para «hacer una ruta más».
El Observario sigue una filosofía similar: guías y educadores ambientales que conciben el ecoturismo como una forma de viajar responsable, cuyo objetivo es minimizar el impacto ambiental de la actividad y, al mismo tiempo, apoyar a las comunidades locales. Además, cuenta con un vehículo híbrido para sus desplazamientos, tanto los propios como los de sus clientes, una decisión pensada para hacer más sostenible algo tan cotidiano como moverse por el territorio.
Ambos casos muestran que la circularidad no es solo cuestión de materiales o residuos: también consiste en repensar cómo nos movemos y cómo nos relacionamos con el entorno cuando lo visitamos, para que la actividad turística sea compatible con la conservación a largo plazo del propio recurso que la sostiene.
Rehabilitar para que los pueblos no mueran
Quizá la forma más profunda de economía circular que practicamos en AECOMATS es la que menos se asocia habitualmente con este concepto: rehabilitar edificios en lugar de dejarlos caer. En un territorio marcado por la despoblación, cada casa cerrada es un pequeño fragmento de pueblo que se apaga. Recuperar esas construcciones, con sus materiales, su memoria y su lugar en la trama urbana, es tan economía circular como reciclar un envase: se trata de dar una segunda vida útil a algo que ya existe, en lugar de construir desde cero o dejar que se pierda.
El propio Ecohotel El Descansillo nació así: Carmen y Chema levantaron su hotel rural sobre un antiguo pajar de cabras que estaba medio en ruinas, utilizando piedra y madera para mantener el proyecto lo más ecológico posible.
Casaguapa Alto Tajo, en Armallones, sigue el mismo camino. Yolanda Temprado, después de volver a sus raíces, restauró primero la casa de su padre y más tarde recuperó una vivienda junto a la iglesia del pueblo, dándole una nueva vida como alojamiento rural. Son proyectos que devuelven uso y vida a construcciones que, de otro modo, habrían quedado abandonadas.
También merece mención Las Horneras de Cobeta, un conjunto de antiguas casas del pueblo rehabilitadas y convertidas en apartamentos rurales que rinden homenaje a la tradición hornera local.
En conjunto, estos ejemplos dibujan una idea sencilla: que no caigan los pueblos. Que las casas cerradas vuelvan a abrir sus puertas, aunque sea con un uso distinto al original.
La visión de AECOMATS
Para AECOMATS, la economía circular en el mundo rural no es una etiqueta de marketing verde, sino una manera de entender el desarrollo turístico de nuestro territorio: cuidar los residuos aunque el sistema no nos lo ponga fácil, comprar y producir cerca, diseñar actividades que generen el mínimo impacto posible en la naturaleza que las hace posibles, y no dejar que el patrimonio construido se pierda. Son gestos que, sumados entre todos nuestros socios, construyen un modelo de turismo más coherente con el Alto Tajo, la Serranía de Cuenca y la Sierra de Albarracín que queremos seguir habitando.
Este es solo un primer repaso a cómo entendemos la circularidad desde AECOMATS. Si eres socio y quieres que contemos tu experiencia en próximas entradas, escríbenos.
